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Así arriesgan sus vidas los voluntarios que socorren a los caídos de las marchas en Venezuela

Así arriesgan sus vidas los voluntarios que socorren a los caídos de las marchas en Venezuela

El escritor italiano Luca Giuman acompañó en Caracas a los jóvenes de la Cruz Verde, una organización espontánea de médicos que salvan a los heridos que deja la “represión”.

Así arriesgan sus vidas los voluntarios que socorren a los caídos de las marchas en Venezuela Foto: Luca Giuman

    7/6/2017

Por Luca Giuman*

El muchacho de 19 años tenía una herida de bomba lacrimógena que le habían lanzado a quemarropa, directo al esternón, en medio de una marcha virulenta que se complicó en la autopista. El paciente tenía pulso pero no estaba respirando. La médica Ana Corina Falcón y el grupo lograron evacuarlo hacia el Centro Comercial Sambil, y le conectaron oxígeno.

El joven lucía moribundo. Pero después de veintitrés minutos volvió a respirar. “Ese día me guindé a llorar”, dice Ana Corina en momentos en los que se prepara nuevamente para salir. Así como ella, cada uno de los voluntarios de la Cruz Verde es capaz de narrar un momento similar, esos mismos que dan sentido a un compromiso lleno de peligros.

Se alistan con escudos, chalecos antibalas, máscaras de gas integrales, cascos. A principios de abril de 2017, cuando en Venezuela estalló un nuevo episodio de resistencia civil en oposición a las decisiones del gobierno de Nicolás Maduro, los jóvenes voluntarios de los grupos de primeros auxilios de la Universidad Central de Venezuela (UCV) eran menos de 20, más de 90 días después suman 210.

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Su labor se rige por los principios de humanidad y neutralidad. Brindan atención médica a la sociedad civil y a los cuerpos del Estado, sin distinciones. Su modus operandi es acercarse a la línea de fuego para socorrer heridos, parar hemorragias y aliviar los síntomas derivados de los gases lacrimógenos.

Los he acompañado el día 16 de junio, en la Marcha de la Fe. También el 19, en una marcha cuya intención era llegar al Consejo Nacional Electoral, y finalmente el 22 en otra manifestación dirigida al Ministerio Público. Los dos últimos episodios fueron dispersados con armas de fuego detonadas, como muestran videos que circularon por redes sociales, por fuerzas del Estado. Junto a los disparos, los muertos, señal de que en Venezuela el conflicto en las calles se está degradando.

La Cruz Verde, como la llama la gente, ha nacido para llenar un vacío. Antes de su despliegue, en las marchas no había presencia de paramédicos, ni de bomberos o de la protección civil, y la atención médica durante la primera hora es clave para garantizar la sobrevivencia de los heridos. Daniela Liendo es una de las portavoces de la organización.

Es por su iniciativa que en 2017 se ha reactivado un grupo de voluntarios de la UCV que surgió en 2014. “Hicimos las cosas desde la ingenuidad, desde las ganas de ayudar”, dice ahora que la Cruz Verde se ha consolidado y recibe apoyo internacional de insumos médicos. En tres meses de protestas han salido más de cincuenta ocasiones para brindar primeros auxilios. Hacen parte de la juventud de Venezuela que no es capaz de quedarse indiferente mientras el país colapsa en una crisis sistémica.

Antes de la marcha, los voluntarios se dan cita en el parqueadero de un centro comercial. Bajo la diáfana luz de neón, revisan el contenido de sus morrales para reemplazar los implementos utilizados en la última salida. Llevan consigo Maalox (aluminum hydroxide y magnesium hydroxide con efecto antiácido), cremas antisépticas y antibióticas, vendas y gasas para curas en heridas abiertas, guantes y apósitos. Cada grupo es equipado con una parihuela enrollable y una bombona de oxígeno para socorrer a los manifestantes que, por inhalación de gases o por impacto al pecho, caen en crisis respiratorias agudas.

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Bajo tierra, entre las columnas de cemento, se abrazan como hermanos. Son un equipo y hay entre ellos un sentido espíritu de camaradería. La mayoría son jóvenes, estudiantes de ciencias médicas, acompañados por algunos especialistas, por paramédicos y por voluntarios que manejan motos y pick-ups que se usan para llevar los heridos más graves a los centros médicos.

El día 19 de junio, la Cruz Verde se concentra en la acera sobre la Avenida Francisco Miranda, una de las arterias viales más importantes de la capital venezolana. Se dividen en grupos de seis o siete. Los grupos rojos son encargados de extraer los heridos de la línea de tiro. Los naranja de brindar atención medica de emergencia y de transportar los lesionados sobre parihuelas en zonas de repliegue. Los verdes, equipados con mayores implementos médicos, se ubican allí donde pueden atender a los pacientes con más calma. De acuerdo al doctor George Yagues, la mayoría de los heridos son por perdigones. Los proyectiles pueden ser plásticos, bolas de plomo, de vidrio o tornillos. Otros casos comunes son las víctimas de flashbang, bombas expansivas con fósforo.

Mientras esperan y evalúan la situación para ver el mejor punto hacia el cual desplazar sus grupos, unos chicos de la UCV matan el tiempo cantando estrofas de reguetón. De memoria entonan fragmentos de “Permítame” y “Abusadora”. Bromean y, como a veces he oído hacer a los soldados, lo hacen con cierto dejo sarcástico. Cuando la revisión de los equipos ha finalizado, una doctora llama a rezar. Entonces se ordenan en círculo y se dan la mano. Tras el “amén”, se cuentan. Los que salen por primera vez dicen su nombre y si sufren de alguna alergia farmacológica. La manifestación de hoy se prevé compleja y han movilizado a 72 voluntarios para atenderla.

George no oculta su orgullo hacia el equipo. Participar en la Cruz Verde le ha devuelto la confianza: “He visto la juventud venezolana dar un paso al frente y asumir una responsabilidad de recuperar su país. Están dando su tiempo, arriesgando su vida para Venezuela. Este es el futuro de este país.” Además de acompañar cada marcha, es él quien dicta algunos de los cursos que los voluntarios están obligados a tomar antes de desplegarse en el terreno, como el TCCC (Tactical Combat Casualty Care, por sus siglas en inglés), que enseña a los estudiantes a actuar cuando la gente entra en pánico y la multitud se vuelve hostil.

Para la marcha, me uno a la unidad Naranja Dos. El grupo está compuesto por Manuel, Victor Hugo, Leandro, Ybhar, Andrea, Ysam y Gabriel. Salimos a la avenida y de allí nos dirigimos hacia la autopista, tomando la Avenida Galarraga. Por radio comunican a las unidades que ya ha empezado “la represión”. Los grupos aceleran el paso. Desde el puente que accede a la autopista se ve el piquete de la Fuerza Armada. Está apostado a la altura de la Avenida Pichincha, compuesto por camiones con cañones de agua, conocidas como “ballenas“, tanquetas, grupos motorizados y la Guardia Nacional Bolivariana de pie.

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Cuando los manifestantes ven a los voluntarios de la UCV unirse a la marcha, los saludan con calor, los aplauden, les dicen “Dios los bendiga”. Su presencia los hace sentir más seguros. Esto a Ana Corina Falcón, médica cirujano de 26 años que trabaja en el grupo de extracción, le genera un poco de temor: “Es un sentimiento de responsabilidad muy grande”, comenta. “Más allá del vitoreo y el elogio, siento que esta gente está confiando su salud en nosotros”. A pesar de la responsabilidad, cree que su lugar es en la calle.

La masa se ha concentrado en la autopista Prados del Este. Camina en dirección occidente. Los médicos se ponen las máscaras. Las unidades se separan. El grupo rojo se adelanta junto a las motos que se dedican al trabajo de extracción. Leandro da las órdenes en nuestro grupo, usando algunas señales de los grupos SWAT. Sus compañeros paran cuando cierra el puño. Su punto de referencia es la bandera blanca con la cruz verde del grupo Rojo Dos. Permanecen siempre a menos de unos 80 metros de distancia. Si Rojo Dos avanza, seguimos. Cuando el grupo rojo retrocede, replegamos.

Sobre la muchedumbre, más adelante, se dirigen los chorros de agua de las ballenas. En el aire se trazan las líneas de humo de las bombas lacrimógenas. Pronto el viento trae hasta nosotros el olor de los gases.

La gente viste gorras con la bandera venezolana, camisetas naranja con un “Yo soy resistencia” estampado o ilustraciones del rostro de Leopoldo López. Muchos llevan un rosario o la cruz al cuello, como si la defensa de la nación tuviera relación con la fe en Dios. Las causas por las cuales marchan son: la apertura de un canal humanitario para el ingreso de comida y medicamentos, el restablecimiento del rol constitucional de la Asamblea Nacional, el establecimiento de un calendario electoral y la libertad de los presos políticos (433 a finales de junio, según Alfredo Romero, director de Foro Penal). A estas demandas se ha añadido la defensa de la Constitución vigente que, en momento de su redacción, la oposición había fervientemente criticado.

El detonante de las marchas

Durante su cuarto año de gobierno, el presidente Nicolás Maduro enfrenta su segunda crisis política. Las protestas fueron desencadenadas por una decisión emitida el 30 de marzo por el Tribunal Supremo de Justicia, de acuerdo a la cual asumía las competencias de la Asamblea Nacional, generando lo que algunos analistas definen como “una ruptura del orden constitucional”.

Ahora, el primer mandatario se está jugando su capital político en la convocatoria de una nueva Asamblea Nacional Constituyente (ANC). “La constituyente es el camino, es la opción que nos va a permitir recomponer la situación social, política, económica del país, a través de un gran diálogo nacional para superar, encaminar la situación de golpe de Estado, el intervencionismo imperial contra el país”, afirmó el 12 de mayo.

Si este era el objetivo de Maduro, su propósito parece haber fracasado. La fracción opositora aglutinada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) - una alianza de organizaciones políticas de oposición al gobierno- se ha resistido a participar en el proceso constituyente por considerarlo fraudulento. De acuerdo al primer vicepresidente de la Asamblea Nacional, Freddy Guevara, la MUD ha escogido la estrategia de “aumentar la presión para la caída del régimen”. Esto se ha traducido en marchas, plantones y barricadas diarias. La tensión en la calle es la tensión del país. Los venezolanos viven a la espera de un desenlace, de un punto de quiebre.

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Para Claudia, una joven editora caraqueña: “la constituyente es el punto de ruptura hacia una dictadura real”. Su punto de vista es compartido por muchas ciudadanas, cuyo mayor temor es que el proceso de la nueva ANC, cuya elección está pautada para el 30 de julio, sea un táctica para evitar comicios políticos universales. Una vez elegida, la ANC tomaría el lugar de la Asamblea Nacional, actualmente único poder que refleja la mayoría de las fuerzas de la oposición.

 

La gente marcha porque cree que la democracia de Venezuela está en vilo. Varios entrevistados concluyeron que el poder político real en Venezuela es frenado por las fuerzas militares. Luís García Moreno, periodista de reconocida trayectoria, considera que “únicamente el estamento militar mantiene en el poder a Nicolás Maduro y la alta cúpula del poder gobernante”, y teme un escenario de “dictadura militar abierta”.

El presidente Maduro está persiguiendo a los opositores políticos usando un esquema de leyes anti-terrorismo, expandiendo sus poderes por medio de decretos de emergencia. Desde que el gobierno perdió el control de la Fiscalía General de la Nación, los detenidos durante las manifestaciones son juzgados por parte de tribunales militares, al punto que la titular de esta institución, Luisa Ortega Díaz, habla de un deterioro del poder judicial, y de un “desmantelamiento del estado de derecho”.

Según Apolinar Mártinez -ex guerrillero y senador de la Républica por ocho años, que hoy se ve obligado a recurrir a conocidos en el extranjero para poder acceder a los medicamentos que necesita su hija en situación de discapacidad- el gabinete de gobierno es una junta cívico-militar. El presidente Maduro ha nombrado varios generales entre sus ministros. El último fue el almirante Orlando Maneiro, elegido ministro de Pesca y Acuicultura.

Bajo el sol de mediodía las gafas se empañan. Las máscaras dificultan la respiración. La gente grita: “¿Quiénes somos?”, y responde: “¡Venezuela!”, “¿Qué queremos?”, “¡Libertad!”.

Así doblegan a los manifestantes

Policía Nacional y Guardia Nacional Bolivariana han emprendido su arremetida contra los manifestantes tempranamente. Muchas personas todavía no han llegado a la autopista cuando las fuerzas de seguridad usan la totalidad de su poder de fuego. Según Liliana Ortega, coordinadora de la organización de derechos humanos COFAVIC, “el ánimo de castigar y doblegar a los manifestantes” tiene “el fin de impedir su derecho a la manifestación”, lo que para ella se refleja también en la dureza de la represión “para infligir dolor” después que las manifestaciones se dispersan.

Hay una fuerte crisis de legitimidad política en Venezuela. La división de poderes ha dado  paso a una concentración de funciones en el ejecutivo. Hay una crisis de agravada inseguridad. Venezuela tiene ahora uno de los más altos índices de homicidio voluntarios del mundo según datos del UNODC, triplicándose de 1995 (20 por 100.000 habitantes) a 2014 (62 por 100.000). A esto se suma que la economía del país se hunde en una espiral inflacionaria. Tal vez sea este último el factor que pondrá en mayor riesgo el gobierno del presidente Maduro.

Como consecuencia de la asfixia de las libertades y del escenario adverso, entre 800.000 y 2.000.000 de personas han abandonado el país en los últimos años. La primera migración masiva, según Ernesto Parra, asesor político del gobierno, fue de jóvenes altamente tecnificados. Eran los hijos de la clase media y media alta. Ahora la migración está afectando también a los estratos bajos.

Ysam Choucair, estudiante de quinto año de medicina, asegura que “hace dos años se graduaron 105 personas en la Escuela Vargas, y se fueron 98 del país”. Esta es también la experiencia de la profesora Moraima Guanipa de la Escuela de Comunicación Social de la UCV. “Una posibilidad que se cultivó en el imaginario venezolano, a partir de los años setenta, es que si tienes una educación y estudios universitarios, puedes mejorar tu situación socioeconómica. Este escenario lo sienten clausurado nuestros estudiantes”, cuenta.

En la misma casa de estudios, una pancarta, en la Escuela de Nutrición, decía: “Son injustificables los asesinatos de jóvenes venezolanos quienes en su legítimo derecho exigen un futuro que les ha sido negado”.

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Entre 2008 y 2013, el Gobierno de Venezuela era tan rico que no sólo podía permitirse sostener un amplio abanico de programas de restablecimiento de derechos para su población, sino apoyar con montos ingentes otros países de la región.  A partir de 2014, sin embargo, se han enlazado años con contracción del PIB del país. En 2014, de acuerdo a cifras del Banco Mundial, el decrecimiento del PIB fue de 3.9%, en 2015 del 5.7% y en 2016 del 12%.

Paralelamente se ha generado un fuerte proceso inflacionario. En el 2014, la de Venezuela era la inflación más alta del continente, 62%, el año pasado se elevó a 680%, y de acuerdo a proyecciones de Econométrica, para este año se espera que llegue a 650%. La inflación ha casi anulado el poder adquisitivo de los ahorradores. La volatilidad es tal que, para insumos de construcción, los almacenes no entregan una cotización vigente por mapa de tres días. El dólar, transado en el mercado negro a finales de mayo se cambiaba por 6.500 bolívares, esta semana se adquiere a 7.873. La pobreza está repuntando a valores superiores a los del 2001, con el riesgo de que se pierdan quince años de política de reducción de la pobreza. Sacha y Simy, estudiantes de la Escuela de Nutrición y Dietética, afirman que ha aumentado sensiblemente el número de niños en estado de desnutrición que recibe el hospital universitario, lo que tendrá consecuencias todavía por medirse sobre el desarrollo de los niños en el largo plazo. 

Las falencias de las redes hospitalarias son otro elemento clave para comprender la complejidad de la crisis de la salud en Venezuela. Ysam, durante su carrera, ha asistido al deterioro progresivo de los centro médicos. “Ya no podemos brindar la atención necesaria a todos los pacientes”, dice con frustración. “No hay medicinas, no hay cupos en lo hospitales, no hay camillas. Tú, lo primero que ves cuando entras en un hospital son los pacientes tirados en el piso, en cartones. Tienes que enviarles a comprar desde la aguja hasta los medicamentos que vas a utilizar. Es por esto que la gente está protestando”. El deterioro ha llegado al punto de causar colapsos energéticos en los hospitales. A finales de mayo, el J.M. de lo Ríos, el hospital pediátrico más importante del país, ha pasado días sin luz, afectando también el reparto de terapia intensiva donde la ventilación asistida se ha tenido que realizar con respiradores manuales.

El Estado enfrentado a una juventud sin futuro

Con el grupo de voluntarios, nos movemos bordeando el parachoques que separa los carriles de la autopista. La mayoría de las personas que se nos acercan lo hacen para que la Cruz Verde alivie con Maalox las irritaciones provocadas por los gases. La confrontación se intensifica. El contraflujo de quienes desisten aumenta rápidamente. Dependiendo de la orientación del viento, el aire se hace más difícil de respirar.

Estallan bombas, perdigones de plástico y de plomo. Un día antes, en el El Haltillo, como forma de protesta, una organización de la sociedad civil había hecho desfilar por la plaza una pancarta de quince metros hecha con billetes de dos bolívares. En ella se leía: “Igual: menos de un dólar”. En la marcha de la Fe, las personas habían rezado. A la tarima había salido un practicante de la filosofía yoga pronunciando “Ohm”. En la marcha no hay más aire para las consignas. La gente se agacha intoxicada. Quien ha venido en camiseta y gorra ahora se arrodilla asfixiado.

Algunas voces gritan: “¡Resistencia, resistencia!”. Un sonido gutural, que recuerda la ovación de un estadio, se eleva de la muchedumbre cuando una bomba molotov estalla contra un tanque de las fuerza públicas. Otras voces incitan a la masa a replegarse sin correr, a no dejar de resistir.

Un hombre empuja una silla de ruedas con la esposa. La señora parece enferma. No habla. Más adelante las explosiones se acercan. Algunas estallan en el cielo en deflagraciones que se abren a racimo. El hombre grita a quienes se repliegan: “¡Adelante, vamos a darle ánimo a los muchachos!”.

Los llaman “chamitos”, “carajitos”. Son adolescentes. Conforman los grupos de choque. Principalmente varones, enfrentan a la Guardia Nacional Bolivariana en tenis, pantalón corto, cascos, escudos de cartón prensado, mazas de golf. Se mueven en pequeñas unidades y, en estas semanas, han aprendido algunas técnicas de combate callejero. Usan piedras, cabestrillos, cócteles molotov. Es el Estado enfrentándose a una juventud sin futuro en atuendos de guerreros medioevales. Hay un sentido simbólico en esto, casi tribal. La oposición los llama héroes y el oficialismo “mercenarios”. Su sacrificio es un martirio que hasta hoy no ha hecho brecha en el sistema.

Es una imagen surreal, incomprensible para un extranjero. En la misma marcha hay clase opulenta, clase trabajadora, clase media empobrecida y jóvenes que en Colombia se llamarían despectivamente “gamines”. Y son ellos, los jóvenes guarimberos, quienes le apuestan a arriesgarlo todo y a morir en las protestas.

“Los grupos de choque son jóvenes muy humildes. Muchos de los que están allí no ven una salida del país. Se ven aquí, y ven que si quieren estar aquí deben luchar, no hay otra forma”, explica Víctor Hugo Briceño, estudiante de quinto año de medicina.

En un café del Parque Central, Reinaldo Iturriza, ex ministro del Poder Popular para las Comunas y también ex ministro de Cultura, comenta que el mayor acierto del chavismo fue “la visibilización de una parte del país que no existía”, esto ha permitido “ver gente sumamente pobre politizándose, participando en el espacio público, demandando”. Hoy, una parte de la población que había dado su apoyo incondicional al chavismo, se está viendo afectada. Su poder adquisitivo disminuye. Sus hijos protestan.

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Son los mismos guarimberos quienes, en varias circunstancias, ayudan a cubrir a los médicos de la Cruz Verde. “Cuando tenemos que sacar un herido de la zona de fuego nos protegen con su proprio escudo, y nos ayudan a sacar el herido. Y muchas veces en estos escudos caen perdigones y caen bombas, que de no haberlos tenido nos hubiéramos visto seriamente heridos”, dice Ana Corina.

Los médicos se han acostumbrado a tomar las medidas de precaución necesarias para proteger su incolumidad, a protegerse detrás de un quiosco, detrás de una pared o de un muro de cemento. Han aprendido a alejarse cuando hay fuego cruzado, a retirarse cuando no hay más sociedad civil en la calle. Y sin embargo, corren riesgos. Prefieren no hablar de heroísmo: “Aquí no hay héroes. Somos un equipo y a los héroes son los que matan”, dice Víctor Hugo.

En abril, la Cruz Verde fue tildada por el programa Zurda Konducta, del Canal del Estado, VTV, de terroristas, de ser grupos paramilitares y de generar falsos positivos. Esto ha incrementado su exposición a la violencia de las fuerzas del Estado. De acuerdo a Daniela, ha habido casos aislados en los cuales la Guardia Nacional no ha respetado la neutralidad de la Cruz Verde, como cuando, frente a la base de La Carlota, su equipo se quedó atrapado en línea de fuego y las fuerza públicas dispararon un golpe de perdigón a la pierna a Armando, uno de los integrantes del grupo. Para reafirmar su neutralidad, es Daniela quien, al principio de cada marcha, se acerca a los cordones de la policía y de la Guardia Nacional Bolivariana para ofrecer apoyo médico y ubicar un grupo detrás de sus filas para atenderlos.

Cuando frente a nosotros quedan únicamente pequeños grupos de choques, replegamos por la Avenida La Estancia. Hasta este momento, el grupo ha atendido dos heridos por perdigones, seis asfixiados y un traumatismo contuso. Es allí que la manifestación viene emboscada. A nuestra izquierda queda el río Guaire y los disparos llegan de las vías perpendiculares a La Estancia.  “Mira los bichos allí montados”, dice alguien. Encima de un puente superior, la Guardia Nacional Bolivariana dispara lacrimógenas y perdigones hacia el puente de la Avenida Veracruz. Es poco lejos de acá que en el pasado los manifestantes han saltado en el río para escapar a la represión.

Al otro lado, en Las Mercedes, los enfrentamientos se dan en focos. Ahora que la manifestación ha sido dispersada, las motos de la Guardia Nacional empiezan un trabajo de “cacería”. El grupo toma la calle Madrid y da un giro de herradura hasta llegar a la Plaza Alfredo Sadel. Es acá que llegan los contusos y los heridos.

Mientras esperamos que nos indiquen hacia donde desplegarnos, veo llegar un asfixiado que, bajo la carpa de campo de Salud Baruta, entra en convulsiones violentas. Luego llega otra mujer en una moto. Le sostienen la cabeza. Se ha desmayado y está en grave crisis respiratoria. Acá se atienden con más calma a los heridos por perdigones. Una señora me muestra una bomba lacrimógena que ha recogido en el piso. Está caducada. La empresa que la produce es brasileña. Es una de estas bombas que el gobierno de Brasil ha impedido exportar a Venezuela.

Una intensa lluvia dispersa la población concentrada en la plaza y cuando escampa un simpatizante nos ofrece un jalón en su pick-up en dirección a Altamira, donde se están dando enfrentamientos entre guarimberos y fuerzas públicas. Para dirigirnos al este, los voluntarios de la UCV remueven los materiales de una barricada. Más adelante, de la acera nos llaman con amplios gestos. Hay un herido en el centro comercial Ciudad Tamanaco. Con una parihuela los voluntarios lo cargan en el pick-up. El adolescente tiene una herida de perdigón al vientre. Su rostro se contrae por el dolor. Para hacerle puesto, Manuel es obligado a colgar fuera del portón. Entre los gemidos, el herido pasa el celular para que un compañero de guarimba llame a su familia. Gabriel le dice que lo estamos llevando a la clínica El Ávila, un centro privado que ha aceptado recibir a los heridos de las manifestaciones. Ingresamos por urgencias. Una doctora que lo recibe habla con Víctor Hugo y con Manuel. Indica un punto arriba de su esternón.

Mientras estábamos en Las Mercedes, otro grupo de la Cruz Verde estaba presente en el lugar donde hubo un enfrentamiento con armas de fuego que causó la muerte de Fabián Urbina. Fabián era estudiante de mercadeo y publicidad. Tenía 17 años. Murió en Altamira por un tiro de una nueve milímetros que penetró la base de su cuello. Fabián fue el muerto número 74 desde que empezaron las protestas.

El día de hoy el número asciende a 89 víctimas y más de 3.500 detenidos. El 19 de junio, fue un equipo de extracción de la Cruz Verde el que llevó el cuerpo de Fabián a la misma clínica donde el grupo Naranja Dos acababa de ingresar al joven herido al vientre.

Ana Corina, que siempre está en la primera línea, se ha acostumbrado a protegerse detrás de un quisco, de una pared, de un muro de cemento. Ha entendido que es mejor alejarse cuando hay fuego cruzado, que hay que retirarse cuando no hay más sociedad civil en la calle. Pero el peligro siempre está. “Si tuviera hijos, no sé si me expusiera tanto”, dice.

Pero hay accidentes. A Ana Corina una vez le cayó una bomba en una pierna. A los días, cuando el hematoma estaba en su peor momento, ya estaba cargando, en una moto, a un joven de 17 años herido de bala. Fredy se llamaba. El chico se le desmayó a Ana Corina camino al hospital. Era un paciente de 75 kilos que se estaba desangrando. Cuando llegaron al centro asistencial, luego de un accidentado trayecto, el joven parecía desfallecer. “No estás solo, Fredy, no estás solo”, le dijo Ana Corina antes de dejarlo en manos de los médicos.

*Escritor independiente.

Fuente: Semana

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