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Inseguridad Vial

Impunidad en dos ruedas

Impunidad en dos ruedas

Desde el anonimato, muchos ciclistas se convierten en grandes infractores que ponen en riesgo no sólo su vida, sino también la de los demás

Actitudes temerarias que se repiten: el ciclista cruza la calle obligando a frenar a un automóvil, en medio de la lluvia, con los riesgos que conlleva ese tipo de maniobras. Foto: Archivo

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SÁBADO 18 DE MARZO DE 2017


Buenos Aires se ha convertido en una jungla en la que desplazarse se torna cada vez más difícil y peligroso. Vehículos de todo porte, incluso de transporte público, que muchas veces no respetan señales ni cebras para el cruce de peatones, o la obligación de ceder el paso en el giro e, incluso, la luz colorada, una falta gravísima y poco penada que se cobra cientos de víctimas inocentes día tras día. En los últimos años, hemos visto sumarse a las bicicletas, una forma de transporte económico que reduce la contaminación ambiental y cuyo uso crece con fuerza como tendencia en el mundo.

Este nuevo y activo actor que circula por las calles de la ciudad ha impuesto nuevas trazas en el pavimento y también sobre las veredas (bicisendas y ciclovías, según el caso) y hasta nuevos usos y costumbres que no siempre se corresponden con las normas en vigor. En nombre de la supuesta libertad que les otorga el medio de transporte, muchos ciclistas terminan abusando de algunos de los derechos que los amparan.

Los autos y las motos son fácilmente identificables, pues están obligados a llevar patente, lo cual permite convertirlos en sujetos de penas y castigos cuando no respetan las leyes de tránsito. En cambio, las bicicletas son anónimas, sin existencia registral alguna, por lo cual numerosos ciclistas incurren en graves faltas con absoluta impunidad.

Con lo que se recauda, tanto a través del pago de patentes de los autos como por impuestos a los combustibles, se han construido y se siguen construyendo las polémicas bicisendas, una iniciativa que desde estas mismas columnas hemos calificado de positiva, pero que debe regularse adecuadamente. Es muy común observar, sobre todo en las avenidas, a ciclistas que prefieren pedalear por el centro de una arteria, compitiendo con los autos por ese espacio, en lugar de utilizar las bicisendas y ciclovías disponibles. Ni hablemos de quienes circulan por las veredas, sorteando peatones desprevenidos, ni de quienes no llevan iluminación alguna ni ropa reflectiva al caer el sol.

Desde ese anonimato, los ciclistas son muchas veces grandes infractores capaces de atravesar cruces con luces en rojo, circular de contramano, subir a la vereda si el tránsito les impide continuar por la calzada o desplazarse a gran velocidad como si el peligro de atropellar a un peatón no existiera.

Es razonable que haya que mirar en ambas direcciones antes de cruzar una ciclovía pero de poco servirá mirar si, de todas maneras, muchas bicicletas no frenan y encima hacen sonar prepotentemente sus bocinas. Podemos preguntarnos qué norma aplica y no se cumple para que una persona mayor, a punto de cruzar correctamente por la senda peatonal, en el momento indicado, habilitada por un semáforo en una esquina, deba verse en serio peligro porque una o muchas bicicletas no detienen su marcha para darle paso.

Se asocia la bicicleta con la vida sana de quien la conduce pues está visto que la de los demás, muchas veces, queda peligrosamente en riesgo. Al igual que las motos, es frecuente observar cómo las bicicletas se infiltran peligrosamente en el tránsito, rozando prácticamente a los vehículos, incluso golpeando sus espejos, en desenfrenadas e inconscientes carreras. Su propia debilidad parece haberlos convertido en privilegiados para quienes no hay reglas; una verdadera injusticia, siguiendo tal vez el ejemplo de los motoqueros, sus hermanos mayores en la jungla de caos vehicular urbano.

Desalentar el uso del automóvil y promover el de la bicicleta es una sana tendencia en crecimiento en el mundo que requiere de un cambio cultural acorde. Es fácil observar en ciudades cosmopolitas a miles de ciclistas yendo a su trabajo o de paseo en bicicleta, utilizando el sistema de estaciones de alquiler que bien hemos copiado aquí con el programa gratuito "EcoBici". La gran diferencia es que en la mayoría de esos países se respetan, como se debe, las leyes de tránsito y las reglas de convivencia mientras que nosotros hemos importado el sistema pero dejamos de lado, una vez más, un factor crucial como el de la educación.

El crecimiento del parque de bicicletas ha sido grande pero no hemos visto campañas masivas de educación vial ni de capacitación especialmente dirigidas a ciclistas, solo alguna publicidad oficial cuyo único objetivo es estimular su uso sin importar el cómo, y manuales para descargar desde la Web, que no llegan a todos.

Circular en bici hoy tiene buena prensa y, al igual que en otros campos, cuesta asumir que el cambio cultural requiere de un proceso educativo que lleva su tiempo y que involucra el compromiso de todos. Es imprescindible trabajar para concientizar a la población; sólo con educación y respeto podremos convivir peatones, ciclistas, motos, autos y colectivos. No pretendemos demonizar ni discriminar a los ciclistas. Por el contrario, proponemos que la tan mentada igualdad ante la ley, sencilla y elemental, los alcance también a ellos para beneficio de todos. Hoy, en Buenos Aires, parece reinar una peligrosa impunidad en dos ruedas que urge controlar.

Fuente: La Nación

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