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Crimen y castigo: de Siberia al Perú, por Cecilia O’Neill

Crimen y castigo: de Siberia al Perú, por Cecilia O’Neill

“No pedimos tanto como un arrepentimiento, sino realizar un acto valiente y profundamente humano: redimirse”.

“La literatura tiene la virtud de transportar al lector a realidades que, aunque imaginarias, nos acercan más al mundo”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

JUEVES 23 DE FEBRERO DEL 2017

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“Crimen y castigo”, de Fiodor Dostoievski, es una obra monumental. Setecientas páginas de una historia tormentosa pero que, sin desanimar al lector de seguir avanzando, logra convencerlo de que la aparente tristeza que embarga a los personajes no es otra cosa que el camino para develar la maravillosa naturaleza humana: la capacidad de redimirse.

San Petersburgo, Rusia, segunda mitad del siglo XIX. Raskólnikov, brillante estudiante de Derecho, debe dejar de estudiar porque no tiene dinero para sostenerse. Debe la pensión a su casero y vive atormentado ante la imposibilidad de velar por su madre viuda y por su hermana. No puede soportar que su hermana acepte tomar por esposo a un rico e insoportable abogado, creyendo sentirse enamorada de él cuando en realidad su prometido sería su tabla de salvación.

En la novela, Raskólnikov pretendió desarrollar una teoría del delito según la cual una persona extraordinaria –quizás una que aparece en el mundo por cada millón de personas ordinarias– tiene un derecho, no oficial sino “propio”, de saltar por encima de ciertos obstáculos, cuando ello sea necesario para realizar una idea propia en bien de la humanidad.

Sintiéndose una persona extraordinaria, y asumiendo que la muerte de una avara usurera era necesaria para el bien de la humanidad, Raskólnikov planeó todos los detalles para matarla y robarle, y consiguió hacerlo sin dejar huella. Nunca pasó de ser un sospechoso para Porfiri, el investigador del crimen, quien decía: “Con cien conejos no se puede hacer un caballo ni con cien sospechas se puede constituir una prueba”.

Lo que hacía extraordinario a Raskólnikov, sin que ello le hubiera conferido un derecho “propio” a matar, fue no olvidar que cometió el crimen y que eso lo separó del resto de los hombres. Su grandeza estuvo en su capacidad de transformar su propósito de ocultar el crimen en un propósito por vivir en paz con la sociedad, aunque ello implicase su propia reclusión. Decidió, pues, confesar.

Como dice una de las traductoras de la obra, Isabel Vicente, inicialmente a Raskólnikov le parecía que solo respondía moralmente por sus actos ante sí mismo y que el juicio de los demás le era indiferente. Añade que, además de vivir en sociedad y de estar unido al resto de personas, cada individuo lleva a la sociedad dentro de sí, está entretejido en una trama de lazos y relaciones permanentes que no advierte a primera vista pero que en realidad lo comunican con los demás.

Advertidos esos lazos, Raskólnikov adquirió conciencia de que mantener oculto el crimen y no responder por él suponía un suicidio moral y un alejamiento de las personas más amadas. La única manera de mantener intactos sus lazos y reinsertarse a la sociedad era alcanzar su propia salvación. Tener un alto instinto de supervivencia moral no es tarea sencilla. Y haberlo encontrado es muestra de la humanidad de Raskólnikov.

La desolación inicial que ocasiona la lectura de esta maravillosa historia es sustituida por una refrescante sensación de alivio. ¿Esto les suena conocido? Cambiemos el asesinato por la corrupción, cambiemos a Porfiri por un fiscal, cambiemos Siberia por el Perú; y de pronto podrán reconocer la historia.

La literatura tiene la virtud de transportar al lector a realidades que, aunque imaginarias, nos acercan más al mundo. Para los peruanos, “Crimen y castigo” representa una intersección entre la visión artística y la visión jurídica de un problema social: la enorme dificultad de los políticos de hacerse responsables de sus decisiones.

No pedimos tanto como un arrepentimiento, sino realizar un acto valiente y profundamente humano: redimirse. Y la redención –distinta de la justicia oficial–, aquella que salva nuestra moralidad, solamente puede ser voluntaria.

 

Fuente: El Comercio

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