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Entrevistas II

Una relectura del Holocausto, a través de 'El Observador'

Una relectura del Holocausto, a través de 'El Observador'

Ignacio Mazzocco, abogado y docente universitario, es autor e intérprete de un recorrido por el Holocausto a través de una muestra gráfica, una puesta y un concierto, donde aporta su mirada sobre lo que presenta como “un hecho que lejos de estar perdido en la historia, se reactualiza a diario y para todos” y que puede verse los sábados en el auditorio IMPA.

11/04/2017 ESCENARIOS

Por Laura Ferré

Mazzocco publicó “La noble igualdad” (Sudamericana) en 2014 para “brindar un compendio de herramientas como intento de simplificar algo del universo jurídico, para que la gente pudiera defenderse sola”, y algo del espíritu práctico de ese texto está presente en la propuesta que exige una participación activa de los espectadores.

"El Observador" es la primera incursión en el arte de Mazzocco y oficia de “locomotora de otro proyecto futuro, un laboratorio de innovación social para construir medidas concretas sobre esta problemática universal”, señaló durante un reportaje con Télam.

El profesional, presente en las tres partes de la propuesta: una exhibición de sus dibujos y maquetas, el unipersonal junto a músicos en vivo dirigido por Laura Avelluto, donde la fábrica, elemento clave en la pieza, encuentra su correlato escenográfico en las instalaciones del Impa, más un recital de cierre, repasó el intenso desafío estético.

Télam: ¿Cómo surgió la idea de esta puesta?
Ignacio Mazzocco: El guión apareció mientras veía películas sobre la Alemania nazi, realizadas por la directora fetiche de Hitler, Leni Reifenstahl, con la premisa que contara lo floreciente del país. Uno de los filmes muestra una próspera fábrica de medias para mujeres, con el personaje de una encargada de controlar la calidad de los productos y una contradicción de la protagonista me inspiró: ella tenía extrema precisión para detectar hasta el más imperceptible de los defectos en un tejido de nylon, pero esa misma persona al sonar el timbre, colgaba su delantal y caminaba hacia su casa sin reparar, por ejemplo, en los niños muertos de hambre de los ghettos rogando que los maten, porque ni siquiera clamaban por comida. La misma persona dotada de una percepción tan aguda para descubrir un punto fuera de lugar padecía de la ceguera más extrema para atisbar el dolor ajeno.

T: La obra se llama "El Observador" y suele asociarse ese rol con la neutralidad...
IM: El observador decide, no es neutral. El observador oficia como un péndulo que oscila entre el perpetrador y la víctima. El puede elegir acercarse al victimario y ser colaboracionista, o aproximarse a la víctima y ser “asistidor”, es la única de las tres figuras con libre albedrío. Todos somos observadores de inequidades, de la pobreza, no hace falta que se trate de un genocidio,  
la cuestión reside en descubrir qué estamos dispuestos a realizar desde ese lugar: mirar al pasar, ignorar directamente al chico tirado en la calle o actuar. La observación permite tomar mejores decisiones. Acá hay una gran oportunidad para desarrollar el concepto y capitalizarlo, nos sirve a diario. En la trama, encarno a un alemán supervisor de una fábrica, obsesivo y cuidadoso con su trabajo, fanático del Führer, por creerlo el único capaz de sacar a su nación de la pobreza, un hombre quien se refugia en la música clásica de la radio, hasta que la realidad empieza a "meterse" en su vida, a "interferir" en su vida ordenada.

T: ¿Cómo fue su acercamiento al tema?
IM: Desde chico vivo una búsqueda relacionada con el judaísmo, sin tener esos orígenes. Me echaron de un colegio religioso antes de los 10 años, tuve una infancia marcada por la soledad y la lectura del Talmud y de la Torá son indispensables en mi formación. El Holocausto me lastima por lo ultrajante que resulta para la humanidad. Mi encuentro con Adela, una anciana sobreviviente de la Shoá, mientras realizaba un voluntariado en un hogar, quien un día me contó que había estado en Auschwitz, me marcó. Le pedí permiso para grabar nuestras charlas y se generó entre nosotros un vínculo maravilloso, como si fueran conversaciones entre una abuela y su nieto: Ella estaba disponible para mí, libre de rencor sobre el horror vivido. Cuando Adela murió sentí que debía hacer algo con sus palabras, un sentimiento que incrementó su fuerza con el viaje a los campos de exterminio, realizado bajo la guía de un doctor en pedagogía de la Shoá de la Universidad de Jerusalem, Mario Sinay.

T: Durante la visita a Polonia, meditó en cámaras de gas y fosas comunes ¿Alguna de esas vivencias se traslada a la puesta?
IM: Sí, claro, hay marcas de la experiencia en la obra, que intenta que la gente conecte con las acciones cotidianas relacionada con un hecho que se reactualiza siempre. Practico kung fu desde hace años, hasta fui a estudiar esa disciplina a China, por eso sentí la necesidad de meditar allí, tuvo sus riesgos, pero quien quiere celeste, que le cueste.

Las funciones de “El Observador” se realizan los sábados a las 19 en la fábrica recuperada por sus trabajadores, en la calle Querandíes 4290.

Fuente: Télam

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