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Cultura II

El entusiasmo por comprar dominó la Feria

El entusiasmo por comprar dominó la Feria

Primer día de actividad en ARCOmadrid Los pasillos se llenaron de coleccionistas argentinos y europeos. Optimismo entre los galeristas.

Performance. El grupo Mondongo, detrás de las rejas, en uno de los pasillos; se acercaban al público a mostrar obras.

23/02/2017

Patricia Kolesnicov

Madrid. Enviada especial.

En un stand tres hombres charlan. De un lado está Mauro Herlitzka, que fue presidente de la Fundación arteBA, es coleccionista y está al frente de la galería Henrique Faria. Del otro lado están Agustín Pérez Rubio, director del MALBA, y Eduardo Costantini, el empresario que es dueño de ese museo y uno de los coleccionistas más importantes de América latina. En el medio, dos libros de Mirtha Dermisache, una artista (1940-2012) que ya en 1967 hacía libros con grafismos. Palitos. Grafías. Una larga escritura ¿incomprensible? ¿Sin decodificar aún? La charla es de arte y es de números: se está definiendo en qué manos quedará la obra.

Es apenas el mediodía y los pasillos de la feria de arte de Madrid, ARCO, están inquietos. Este miércoles coleccionistas de distintos lugares del mundo -belgas, ingleses, estadounidenses, israelíes, españoles, argentinos- se apropiaron del lugar. El jueves será igual. Para el público, la feria estará abierta de viernes a domingo.

Frente a la mesa, Pérez Rubio pasa las páginas del libro -que ha sido sacado de la vitrina con las yemas de los dedos- y le cuenta a Costantini que habrá en su museo una muestra de la artista y que se producirá un video en el que se den vuelta las páginas de esos libros, para que los espectadores puedan “leerlos”.

-Bueno -dice Costantini-, voy a comprar.

-¿Cuál?

-Los dos.

Como ésta -que tenía un precio inicial de 105.000 dólares y no fue la única compra del empresario-, se han definido muchas adquisiciones de arte en el primer día de ventas. Y decenas de miles de dólares cambian de mano en unos segundos. Muchos de los compradores son argentinos: han llegado a Madrid para hacerse del arte que se vende en Buenos Aires. Es que la Argentina es, este año, el país Invitado de Honor. Esto significa que ARCO otorga sin costo un espacio que es caro: una galería que pagó su lugar, por caso, compró 60 metros cuadrados por 20.000 dólares.

El día empezó no sin extrañeza: temprano, hubo conferencia de prensa para “periodistas extranjeros” y, pensando tal vez en la proyección internacional que ARCO pretende -después de todo los coleccionistas capaces de desembolsar esas sumas son más o menos los mismos en todas partes y las ferias se los disputan-, su director, sus curadoras, y hasta la encargada de la presencia argentina, Inés Katzenstein, hablaron en inglés. Si alguien no entendía ofrecían traducción... ¡al español!

Superada la incomodidad -hispanoparlantes, arreglarse- Katzenstein hizo una pequeña guía por los doce stands invitados. Se trata de dos tiras de stand en los que se destaca una unidad: tienen un piso gris similar y están unidos -seis y seis- por detrás, de manera que se puede circular entre ellos sin salir al pasillo general.

La curadora habla de tres ejes: la pintura como espacio de experimentación, la presencia de la escritura y la sexualidad. Y enseguida muestra la obra de la cordobesa Leticia Obeid: un video en el que ella hace un recorrido en tren desde Retiro hasta Zárate y mientras ve lo que ve -la pobreza, en resumen- copia la Carta de Jamaica, un documento que escribió Simón Bolívar proyectando una América unida. “Comparé el texto eufórico con imágenes de la realidad actual, lo que habla del fracaso de la unión americana”, dice Obeid.

En la galería Del Infinito, Valeria Fiterman, de la Fundación Klemm, se da un gusto y se lleva el facsímil de otro libro -la escritura y el arte, la escritura de arte- de Alberto Greco. Son cien ejemplares y cada uno vale 500 euros. En una vitrina se exhibe el original, un texto para un amor imposible que el artista escribió antes de matarse, en 1965. Ese no cuesta menos de 300.000 mil dólares y la esperanza es que lo compre un museo.

En Cosmocosa se festeja: vendieron una obra de Luis Frangella (1944-1990) a un coleccionista de Washington. Barro vendió un par de Marcelo Pombo (alrededor de 40.000 dólares) y tiene una conmovedora serie de dibujos que el artista (1959) hizo cuando era joven. Unos hombres-pato en situación de amor y de guerra.

Alto: aglomeración en un pasillo. Cámaras, cabezas que se sacuden como perritos de vidrio retrovisor tratando de espiar. Lo que se ve es una reja, como de celda, y una especie de interior alargado, con columnas en los costados. En el piso, apoyadas en las columnas, obras clásicas del arte argentino. Tres chicos disfrazados, dibujando con lápices o en tablets. Cada tanto uno se levanta y muestra, a través de la reja, una obra. Puede ser esa famosa, en que Marta Minujín le “paga” la deuda externa a Andy Warhol con unos choclos. O Madre e hija de Plaza de Mayo, la foto de Adriana Lestido que ya es un ícono de la lucha por los Derechos Humanos. El grupo que hace la performance es el argentino Mondongo, están en otro espacio de la galería Barro.

A las 16, se presenta el stand argentino. Raro. Si no querían nada nacional -en estos días se habló de tender más a ser contemporáneos que locales- les salió muy celeste bandera. Pero muy. Lo diseñó el estudio rosarino de Gerardo Caballero, Mauro Pesci y Orlando Alloatti y es como una ochava, con paneles que se cambian de lugar. Detrás de la pared de la ochava hay una pizarra magnética para combinar palabras o escribir en marcador el propio manifiesto. Y una pantalla para videos que ayer no funcionaba. Del otro lado, almohadones de color uniforme. “Menos es más”, parece la consigna, que parece huir de cualquier posible acusación de uso del espacio como propaganda política, es decir, de los usos y costumbres del kirchnerismo en este sentido.

“El arte argentino actual es la no-norma”, dice, desde el stand de Jorge Mara donde se muestra su obra, Eduardo Stupía. “Mantiene rasgos de la tradición y es enormemente excéntrico”, produndiza.

Algo de eso se trata de mostrar y de imponer, para que, además de soja, vacas y tango, el país venda arte contemporáneo. De algo de eso hablan Natasha Jajam y Rafael Cippolini, dos performers que irrumpen en el stand oficial, se suben a unos bancos y gritan: “Hay una fuerza que el hombre no puede manifestar”, “Las ideas no se refutan”. Y, ¿resignación?: “La metafísica de lo bello ha muerto”.

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Fuente: Clarín

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