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Los lectores al poder. Del último eslabón al centro de la escena

Los lectores al poder. Del último eslabón al centro de la escena

Entre lo inevitable y lo estratégico, la industria editorial se abre al creciente protagonismo de los lectores, sus conversaciones y sugerencias

lustración: Pablo Vigo

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SEGUIR    Lorena Oliva      LA NACION          DOMINGO 18 DE JUNIO DE 2017

"Es un libro interesante, sólo si estás familiarizado o es de tu interés lo que sucedió en la Guerra Civil", opina Alberto -quien se presenta como "comentarista de Amazon"- sobre El monarca de las sombras, último libro de Javier Cercas, en el sitio web Edición Anticipada. "Me considero una fan de los cuentos y si las escritoras son mujeres, doblemente fan. Estoy encantada con Claire, una forma sublime de meterte dentro de la historia. ¡Me enamoré!", expresa la lectora Lola Ghiglione sobre Antártida, de Claire Keegan, en el sitio Grandes Libros. "Sencillamente hermosa historia", le escribe la lectora Cristina Kolodynsky a la autora de Noche de luna larga, Gloria V. Casañas.

Atrás quedaron los tiempos en los que el placer de la lectura se experimentaba en soledad. En la era de las selfies, el microblogging y la permanente indagación de Facebook sobre qué estamos pensando, Internet está cambiando el rol del lector dentro del complejo ecosistema que gira en torno del libro. Basta un surfeo superficial por la Web para comprobar que, en la arena virtual, se multiplican los sitios que convierten a los lectores en protagonistas, redefiniendo las dinámicas y jerarquías tradicionales en el mundo editorial.

Algunos sitios aplican algoritmos a la manera de Netflix para recomendar futuras lecturas a partir de los gustos de cada uno -GoodreadsTekstum-; otros buscan convertirse en el punto de encuentro para conversar sobre lecturas actuales, pasadas o futuras -como la app Grandes Libros, Entre Lectores-; están los que convierten a los lectores en críticos de las novedades editoriales -Edición Anticipada, sitio de Penguin Random House-, y hasta los que promueven el diálogo entre autores y lectores, haciendo partícipes activos a estos últimos del proceso de escritura de un libro, como Wattpad y Novelistik. Todo esto, en un contexto en el que las redes sociales se han revelado también como herramientas sumamente útiles a la hora de hacer contacto directo con autores para expresar agrado o desagrado tras leer un libro.

La figura del lector gana sustancia dentro del mundo editorial. Quizás nunca como ahora su feedback importó tanto. Que cada vez más lectores sientan que tienen algo para decir sobre cada libro que leen pero, sobre todo, que haya una comunidad dispuesta a escucharlos podría sonar a algunos ciertamente lógico, si tenemos en cuenta que ellos son, en definitiva, los principales destinatarios de cualquier creación literaria. Sin embargo, la dinámica tradicional del mundo del libro suponía una lógica que los ubicaba como el último eslabón de la cadena. Los lectores no tenían demasiados espacios para opinar o comentar sobre aquello que se leía, y decidían la compra de sus próximos libros a partir de las recomendaciones de otros lectores calificados: los críticos.

"La construcción de un canon de obras literarias fue siempre tarea de los especialistas, quienes decidían qué obras eran clásicas y debían perdurar y cuáles debían ser olvidadas en un estante con telarañas de la biblioteca. Esta tarea ahora se ha transformado en un proceso colaborativo: son cada vez más los lectores y no tanto los especialistas quienes determinan qué obras deben ser leídas y cuáles no", sostiene el especialista en comunicación digital y narrativas transmedia Carlos Scolari, profesor de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona.

El surgimiento de nuevos prescriptores es, de acuerdo con la opinión de Scolari, una de las tantas manifestaciones de la "transferencia de poder del autor al lector", proceso sobre el que el teórico del hipertexto George Landow ya nos hablaba hace casi treinta años. "El lector elige su propio recorrido de lectura y no es el que le propone el autor -como sucedía con el libro impreso tradicional-. A este cambio se debe sumar otro: el lector ya no es un consumidor pasivo de textos sino que se ha transformado progresivamente en un productor textual", dice Scolari.

Seguramente, uno de los ejemplos más emblemáticos de lectores como productores (visuales) sea el caso de los booktubers, esa comunidad de lectores que apuesta a la emoción y la subjetividad a la hora de comentar un libro en video, especialmente popular entre adolescentes y jóvenes, aunque no exenta de detractores. Los videos de los booktubers más famosos suman cientos de miles de vistas.

Surfear los textos

La proliferación de estudios académicos especializados en el mundo del libro, la edición y la lectura podría ser otro ejemplo de la creciente relevancia que los lectores están teniendo por estos días. El doctor en Letras y profesor en la Universidad Nacional de La Plata José Luis de Diego reconoce que existe una creciente actividad en torno del estudio teórico de la lectura o de la forma en que leemos.

"El cambio más visible que percibo en esta época tiene que ver con la progresiva fragmentación de la práctica de la lectura. Se ha pasado de la lectura profunda a una suerte de surfeo de textos. Se surfean superficies extensas pero de poca profundidad, algo bastante cercano a lo que ocurre con el zapping. Y en la medida en que no haya lecturas profundas, estaremos frente a modas pasajeras. Formar un cuadro académico lleva unos quince años", reflexiona.

Ilustración: Pablo Vigo
Ilustración: Pablo Vigo.

A la hora de diseccionar al prototipo del lector contemporáneo, el investigador del Conicet Juan José Mendoza, especializado en las nuevas maneras de leer en la era digital, no duda: "Es un sujeto superpuesto, atravesado por muchas subjetividades. En su historia conviven las horas de su formación formal -en la escuela, en la universidad-, con sus horas de biblioteca y librerías, discos y films, a las que ahora se agregan las horas de navegación electrónica".

Pero en el mundo del libro hay quienes sostienen que no es suficiente esgrimir la credencial de lector para asumirse crítico o comentarista literario. "Las redes sociales crean en nosotros la falsa ilusión de que debemos opinar o tener una opinión sobre todo, cuando eso no es cierto; en temas literarios, por ejemplo, la opinión seria y consciente requiere de formación previa: un trabajo de años y años de lecturas y de lecturas sobre lecturas", considera el crítico, escritor e investigador en temas digitales español Vicente Luis Mora.

A su entender, el lector de nuestros días "no sólo intenta reemplazar al crítico, sino también lo intenta con el escritor. Quizá es el signo de estos tiempos de la selfie: la gente no quiere un libro, sino un espejo; quieren verse a sí mismos".

"Creo que se ha incrementado lo que suele llamarse 'la conversación' respecto al libro; lo que no tengo tan claro es que hablar más sobre libros, o hacerlo con más gente, estimule la lectura o incremente la venta de ejemplares", se pregunta Mora.

Lo cierto es que esta dinámica relacional hoy se presenta atravesada por innovaciones, desafíos y tensiones que hacen más complejo -y, al decir de algunos, enriquecen- el campo.

"Mientras que la tradición cultural aparece muchas veces como un territorio endogámico que sólo se refiere a sí mismo, emergen nuevas subjetividades al mismo tiempo. Y no dejan de proliferar por doquier diferentes tribus o subculturas con móviles propios, totalmente alejados de las tradiciones culturales canonizadas", considera Mendoza, también teórico de la literatura e historiador de la cultura, quien reconoce que "hay una tensión entre diferentes políticas de la cultura, representadas por la tradición de la lectura 'remodernista' -forjada en la tradición libresca del siglo XX- y una nueva tendencia que, amparada en una suerte de 'populismo tecnológico', desdeña la tradición humanista".

Mundos narrativos

Pero más allá de las tensiones, el contexto actual se ha revelado por demás propicio para el surgimiento de nuevas subjetividades. Según analiza el propio Scolari en su blog Hipermediaciones: "En la Web nacieron la Wikipedia y los blogs, Twitter y Facebook, YouTube y Amazon... La Web es un espacio abierto a la innovación donde se generan nuevos entornos y experiencias comunicativas [...]. Una parte de los lectores no se limita a consumir el producto cultural sino que se propone ampliar su mundo narrativo con nuevas piezas textuales. Dicho en otras palabras: la expansión de un universo narrativo deja de ser patrimonio de su creador. Si ese mundo entusiasma a sus lectores y genera una comunidad de fans, no tardarán en aparecer nuevos relatos en FanFiction.net, en la plataforma Wattpad o en YouTube", sostiene el especialista en su post titulado: "El translector. Lectura y narrativas transmedia en la nueva ecología de la comunicación".

La doctora en Ciencias Sociales (UBA) Alejandra Ravettino Destefanis recuerda que uno de los primeros casos de fanfiction se dio en torno de Jane Austen: sus seguidores aprovecharon el descenso de los gastos de impresión y reproducción a principios del siglo XX para publicar varios de sus textos. También pueden mencionarse a los fanáticos de Arthur Conan Doyle, que solían discutir los casos de su personaje más célebre, Sherlock Holmes, y luego los publicaban en Baker Street Journal y que, al mismo tiempo, inspiraron otras historias. O bien las cartas de lectores que recibía Rousseau y que luego incorporaba en sus trabajos. "Con esto quiero decir que la intención del lector de intervenir en la creación que sigue y tener un vínculo más o menos cercano con el autor que admira no es una novedad. Sí es novedosa la manera de gestionarlo, y consecuentemente los niveles de popularidad y masividad posibilitados por las tecnologías en la era digital", agrega la especialista, autora de Cultura escrita, tiempo libre y jóvenes universitarios (Teseo).

"La identidad se organiza online: la necesidad de aparecer, gustar y obtener reconocimiento de los otros encuentra su expresión más notable en las performances histriónicas de los booktubers. Pero podríamos encontrar decenas de ejemplos acerca de cómo el espacio virtual resignifica los modos de ser y estar en el mundo", analiza Ravettino Destefanis.

A su modo de ver, ya no podemos pensar en la crítica como el único sector legitimador de gustos y consumos culturales. "El poder simbólico para posicionar títulos y autores está en las redes y no es privativo de la crítica literaria, aunque continúe incidiendo en ciertos círculos de lectores, claro. Los tradicionales taste makers, esos sectores sociales especializados en la orientación e imposición social del gusto, comparten espacio con nuevos actores", agrega la especialista.

"Este ?viralector' o lector viral, cuyas legiones de fans nos asombran, me parece un síntoma del individualismo creciente que nos acucia: no hay mucha diferencia entre hacerse una selfie en Instagram (donde alguien se sueña supermodelo, sin serlo) y hacer un comentario sobre libros (donde alguien se piensa crítico literario, sin serlo)", desafía Mora.

La industria editorial, en tanto, no responde de manera unánime frente a los vientos de cambio. "Veo nerviosismo en la industria ante estos lectores que comienzan a tener iniciativa. Algunas editoriales reaccionan bien y envían ejemplares a libreros influyentes (incluso recogiendo sus opiniones en las fajas o solapas de cubierta), a blogueros y a booktubers. Detecto una creciente preocupación por el eco de la actividad propia en Internet, con mayor presencia de editoriales activas en las redes sociales", analiza Mora.

En paralelo, y como ya se vio, el creciente protagonismo del lector viene siendo el motor de una notable cantidad de iniciativas digitales que rompen con ciertas lógicas y jerarquías comerciales para imponer otras. "¿Quién entroniza al lector? Las industrias culturales, taimadamente, de la misma manera en que colonizan los espacios de referencia, como las puntas de góndola en los centros comerciales", reflexiona, escéptico, De Diego.

El escepticismo es compartido por Mora: "Los empresarios tomaron el control de las grandes editoriales en los años 80 y 90, como señaló André Schiffrin, y ahora lanzan plataformas de lectores. Lo que intento decir es que estas tecnologías de y para lectores no son autogestionadas, no son asociaciones benéficas de amantes de las letras que intenten saltarse intermediarios, sino diseños empresariales que ven un hueco de mercado. Tanto Goodreads, como Bookish o The Copia venden libros y publicidad. Es cierto que establecen canales de comunicación entre lectores, pero no son filántropos", advierte.

Como señala Scolari en el post antes citado: "En el siglo XXI cada vez más se lee escribiendo y modificando, ya sea cortando, desplazando, cambiando el orden o introduciendo la propia escritura". Son nuevas formas de leer acordes nuestra época. Entre la selfie y el mashup, la distancia entre el escritor y el lector -en términos reales y simbólicos- nunca fue tan corta.

Fuente: La Nación

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