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'Necesito que las autoridades me dejen ser docente'

'Necesito que las autoridades me dejen ser docente'

EL COMENTARIO. Una maestra valiente que grita sus verdades

Vior

25/02/2017

Osvaldo Pepe

Soy docente… O eso creo. Escribo cuando acabo de finalizar mi jornada laboral en la escuela donde me desempeño como profesora de Inglés desde hace casi dieciséis años, pero no fue un día más.

Antes de retirarme, la profesora a cargo de la vice dirección me preguntó qué pensaba hacer con el alto número de desaprobados que tengo en mi materia. Porque de la misma manera que sentí una daga invisible presionándome, también la sienten los directivos cada vez que tienen que arrojar resultados que aunque no sean los reales, lo importante es que sean “agradables” a la vista de sus superiores.

Mientras tanto, los docentes somos los que salimos al campo de batalla, a defender los castillos sin ventanas, para no ver lo que pasa allá afuera, en los que se apoltronan los nobles dirigentes. Mientras ellos dibujan y pintan con colores una realidad cada vez más utópica, los directivos escolares son los que intentan mediar, pero se ven “tironeados” entre nosotros, los soldados, y la “nobleza dirigente”.

Señores ministros, más que un mayor número de días de clase, que no discuto son importantes, necesitamos desesperadamente que se redefina nuestro rol. Que se nos diga qué somos y qué tenemos que hacer. En lo personal, he sufrido el día que escribí esta carta “una crisis de identidad de rol”. Ya no estoy segura de cuál es mi función en mi lugar de trabajo. Creí haber estudiado y haberme formado para eso, para formar personas en una materia específica. Pero parece que con el correr de los años, el paso de las autoridades ministeriales y sus disparatados proyectos, nosotros hemos padecido en carne propia la abismal distancia que se generó entre el discurso y la práctica docente.

Por lo tanto hoy, estamos frente a alumnos sin hábitos de estudio, hijos de padres que aducen “no saber qué hacer con ellos”, chicos que por un proyecto de nivelación ”milagroso” pasaron de quinto grado a primer año de la escuela secundaria, y hoy sentados en nuestras aulas siguen sin entender cómo llegaron ahí. Tenemos alumnos que fuman, que a pesar de estar en los primeros años del nivel medio, ya tienen prontuario por haber cometido delitos de diversa índole. Y eso que la escuela donde trabajo está emplazada en un ámbito rural, en el que los conflictos que afrontamos no se comparan con los que se viven en las grandes ciudades.

En fin, la lista es casi interminable. Pero el mandato no ha cambiado: seamos guardería, para que por lo menos así los chicos no estén en la calle, no fumen, no se droguen, no delincan. Seamos honestos, al igual que ocurre en nuestros hogares, si nosotros no estamos atentos y ponemos límites, los chicos que tengan intención, se van a salir con la suya.

Por otra parte, de los que se esfuerzan, de los que hacen las cosas bien, ¿quién se acuerda? Cómo se les explica a esos chicos que esforzarse tiene su mérito, si ven cómo frente a sus narices las notas se dibujan, las infracciones se perdonan y todo se disfraza detrás de una inclusión que se fue transformando en deliberada impunidad ¿Cómo se les inculca a estos niños y adolescentes el sentido de la justicia, si a diario, comprueban que en realidad son los que menos se esfuerzan, los más justificados, contemplados y hasta a veces premiados? ¿Cómo les explico a mis hijos que estudiar es meritorio y nos hace mejores personas y futuros profesionales? Creo que no sólo el rol docente debe ser redefinido para sanear nuestra sociedad. Todos y cada uno de los argentinos debemos replantearnos qué estamos haciendo por nuestro presente y nuestro futuro, desde el lugar que ocupamos.

Por eso pido a las máximas autoridades: yo quiero desempeñar mi rol de manera responsable, pero necesito que me dejen hacerlo como corresponde. A mí no me competen las estadísticas. Estudié para formar personas de bien y competentes, para que los que vengan, reciban un país justo, visionario y promisorio.

María Diana Martínez

Una maestra valiente que grita sus verdades

Aclaración imprescindible. Esta carta fue escrita con anterioridad al nuevo paro docente que amenaza con dejar sin clases a unos 12 millones de alumnos en todo el país el lunes 6 y el martes 7 de marzo, en el arranque del año lectivo. El texto es un ramalazo a la hipocresía social y a las conciencias perezosas de quienes proclaman la importancia de la educación y no hacen nada por mejorarla o restituirla a sus momentos de antiguo brillo. Debería ser bien leída por dirigentes gremiales, funcionarios, políticos y los propios docentes. No habla del paro, sino de una cuestión trascendente que poco se aborda: el facilismo demagógico de la educación. Quizá duele, quizá moleste. Pero en la política, en las familias y en las escuelas se ha perdido el respeto por la institución de la enseñanza, sobre todo de visualizar ese proceso como una forma de progreso personal y de cohesión social. Ese bajo nivel de exigencia es de autoridades y directivos, pero también de algunos padres que se han transformado en cómplices de sus propios hijos cuando éstos le sacan el cuerpo al esfuerzo, y aquéllos culpan a los docentes por algún aplazo o alguna reprimenda.

Hay una frase de la docente Martínez que es de un tremendo impacto:“La inclusión se fue transformando en deliberada impunidad”. Es cierto: se hizo un culto del facilismo en nombre de “no estigmatizar” al alumno y no demorar su paso por la escuela para que de ese modo las estadísticas oficiales fuesen indulgentes con la realidad de las aulas. El kirchnerismo dibujó con malicia esos números de la educación. Le realidad es otra: una primaria que es más contención social que el comienzo de la educación sistemática; una secundaria con altos niveles de repitencia; una universidad cada vez con menos graduados y de una menor excelencia.

A través de las pruebas PISA, el mundo ha tomado nota de tanta decadencia en nuestras aulas. Contra eso, no hay paro que valga. No soluciona los problemas. Más bien los profundiza, porque no aporta soluciones y politiza el reclamo con un fervor ausente durante la anterior gestión. Extraña actitud gremial, ¿en favor de quién? De la escuela pública, que dicen defender, seguro que no. Al margen de la polémica, las verdades que grita la maestra Martínez son un llamado de atención a toda la sociedad: explican con lucidez porqué estamos como estamos.

Fuente: Clarín

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